Colombia y la lección irlandesa

flag-pins-northern-ireland-colombiaEn  septiembre de 1997, mis editores del servicio latinoamericano de la BBC me enviaron a Belfast a cubrir las conversaciones de paz en Irlanda del Norte. Llegué pocos días antes del inicio de un proceso sobre el cual muy pocos auguraban un final feliz. El domingo de esa semana, el reverendo Ian Paisley, jefe de una especie de  secta cristiana fundamentalista, la Iglesia Presbiteriana Libre de Ulster, y líder máximo del Partido Unionista Democrático (DUP siglas en inglés), de carácter eminentemente protestante, había celebrado un oficio religioso en su templo local en el que había atacado los funerales de la princesa Diana de Gales, “un acto de homenaje a una adúltera, celebrado con la música de un sodomita”, palabras más o menos textuales y como las recuerdo. La “adúltera” era Diana y el “sodomita”, Elton John. Paisley traducía su fundamentalismo religioso en la política misma. En un discurso en Belfast en noviembre de 1985, poco después de la firma del Acuerdo Anglo-Irlandés, que le daba a la República de Irlanda, en el sur de la isla, un mínimo nivel de influencia en Ulster, la provincia británica del norte, Paisley espetó “Never, never, never!”, “¡Nunca, nunca, nunca!”.

Paisley era una piedra en el zapato de las tan postergadas conversaciones de paz de Irlanda del Norte. El objetivo de este proceso era devolverle a la provincia un estatus de autonomía que permitiera poner fin a un conflicto que enfrentaba, por un lado, a la relativamente minoritaria comunidad católica, cuya expresión más radical era el llamado Ejército Republicano Irlandés, el IRA; y por el otro a la mayoría protestante y sus extremos más sectarios, que se expresaban en numerosos grupos paramilitares. El DUP boicoteó las conversaciones de paz, que incluían no sólo a los partidos católicos y protestantes moderados, sino también al Sinn Fein, brazo político del IRA.  Como paso previo a la inclusión de Sinn Fein, el IRA y algunos grupos paramilitares protestantes había declarado un cese el fuego, pues ninguna negociación podía realizarse con la amenaza de la bomba y la metralla.

Recuerdo que un grupo de corresponsales nos reunimos en un restaurante en la zona más neutral de la capital norirlandesa. Entre ellos estaba Juan Carlos Gumucio, corresponsal de El País en Londres, que se suicidaría años después en su nativa Bolivia; Alvaro Vargas Llosa, a la sazón corresponsal de ABC en la capital británica, e Iñigo Gurruchaga, corresponsal de un conglomerado de diarios vascos.

La tertulia transcurrió sin mayores problemas, aunque de vez en cuando mirábamos la puerta, en caso que algún despistado decidiera darnos la bienvenida con una dinamitazo. Ninguno de nosotros parecía demasiado optimista en relación a las negociaciones. Los intentos autonómicos anteriores habían fracasado, en parte por las malévolas campañas de Paisley y la resistencia de los grupos radicales católicos, para quienes la única salida al conflicto era la integración de las seis provincias de Ulster a la República de Irlanda, de mayoría católica.

Resultaría muy largo analizar el proceso en su integridad. Lo cierto es que si alguien le hubiera dicho a esa mesa de corresponsales extraviados que algún día Ian Paisley gobernaría Irlanda del Note con un representante de Sinn Fein, habríamos pensado que esa persona necesitaba ayuda profesional urgente o venía de otro planeta. Y sin embargo sucedió.

El proceso de paz en Irlanda del Norte, que tuvo como protagonistas a los principales partidos que representaban a ambas comunidades, fue tortuoso. Tony Blair y Bill Clinton se la jugaron enteros para que este tuviera éxito. Uno de los puntos más contenciosos era la amnistía propuesta como una forma de propiciar un cese de hostilidades definitivo por parte de los paramilitares de ambas comunidades. Se trató de una concesión dolorosa, porque se trataba de darle la libertad definitiva a muchos de quienes habían asesinado a civiles inocentes. Pero no se trataba de cerrar una herida a la fuerza y sin anestesia. El indulto no fue una indulgencia gratuita. La condición para que esta fuera aceptada era la disolución definitiva del IRA y sus homólogos protestantes, la entrega y destrucción de sus armas y la promesa firme de que no volverían a usarlas para dirimir el conflicto católico-protestante.

Muchos familiares de las víctimas de la violencia se resistieron a aceptar la amnistía. La posibilidad cruel de cruzarse por la calle con quien era responsable de la muerte de un familiar era insoportable, pero  el precio bien valía la pena pagarlo, porque la desaparición de la violencia permitiría que no se volvieran a repetir los funerales de ciudadanos atrapados en la vorágine de la metralleta o el semtex.

La disolución de los grupos armados tomaría un tiempo, pero el cese el fuego se hizo definitivo, y los habitantes del norte irlandés, especialmente en Belfast, empezaron a recoger de los frutos de la paz. Los puestos de control empezaron a desaparecer, las únicas señales del sectarismo eran los inmensos murales que celebraban las victorias pírricas de uno y otro bando, las tiendas y restaurantes empezaron a abandonar la sospecha y se llenaban de clientes.  Además, la presencia policial se hizo menos conspicua.

El 10 de abril de 1998, viernes santo, se firmó el acuerdo al que, una vez más, no asistió el DUP. Habían sido dos años de negociaciones arduas en las que se hubo momentos de frustración y desesperanza.

Los referendos

El acuerdo tenía que ser refrendado por los sufridos habitantes de la provincia, muchos de los cuales sólo empezaron a convencerse de su necesidad cuando las calles dejaron de ser trampas mortales para pasar a ser lo que siempre debieron ser: veredas y avenidas. Un referéndum separado se realizaría en la República de Irlanda para reformar la constitución, uno de cuyos artículos estipulaba que los condados del norte eran parte integral de la nación. El referéndum en el sur propugnaba la abolición de ese artículo subversivo que despertaba la desconfianza de los protestantes de Ulster.

Mientras que en Irlanda del Norte la mayoría de los católicos apoyaban los acuerdos, con excepción de aquellos que consideraban que el tratado abandonaba las aspiraciones republicanas de esa comunidad, la comunidad protestante estaba profundamente dividida. Para muchos de ellos, este convenio era el primer paso para la integración de Irlanda del Norte en la República de Irlanda.

La consulta se realizó el 22 de mayo de 1998. En Irlanda del Norte, 71% de los votantes optó por el Sí, mientras que en la República, el resultado fue aún más contundente: 94%  favor de la reforma constitucional.

Al confirmarse el acuerdo, el paso siguiente fueron las elecciones autonómicas el 25 de junio de 1998. El DUP, de Ian Paisley decidió participar, y quedó tercero, detrás del Partido Unionista de Ulster (UUP siglas en inglés) y Sinn Fein.  Se trató de un gobierno autonómico con obstáculos, propiciados por la reticencia de sectores de la comunidad protestante, representada en el mayoritario UUP, a aceptar el desarme del IRA y el acuerdo de paz mismo. En 2001 se realizaron las segundas elecciones. Lo que parecía imposible sucedió: el DUP de Ian Paisley quedó primero, seguido por Sinn Fein.

La clase política británica contuvo la respiración. Debido al número de votos que el DUP y Sinn Fein habían obtenido, y de acuerdo a las bases del sistema electoral norirlandés de representación proporcional, Ian Paisley sería nombrado ministro principal y un representante de Sinn Fein vice-ministro principal. El nominado por Sinn Fein fue Martin MacGuinness, ex jefe militar del IRA en Derry, la capital del condado de Londonderry.

El pastor fundamentalista que dijo en más de una ocasión que jamás hablaría con un miembro del IRA, estaba en una disyuntiva. La mayoría protestante, que había apoyado el proceso de paz, le había dado al DUP y su líder histórico Ian Paisley un mandato indiscutible. ¿Qué hacer? ¿Boicotearía Paisley el propio gobierno para el cual había sido elegido o aceptaría la responsabilidad de presidir la administración de la provincia? Después de todo, Ian Paisley había sido elegido en unos comicios que era parte del mismo acuerdo de paz que él intentó boicotear y que no firmó. Al participar en él, Paisley le estaba dando al acuerdo de viernes santo un apoyo tácito. Ahora era parte de él.

Pero había otro obstáculo: Ian Paisley tendría que gobernar con un prominente dirigente del ya disuelto IRA. Tendrían que trabajar juntos, gobernar juntos, aparecer en actos públicos juntos, conversar, diseñar políticas, estar de acuerdo.

Paisley era consciente de que no podría traicionar a ese electorado que le había dado un mandato indiscutible.

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Ian Paieley y Martin MacGuinness. Foto: BBC

Quienes han trabajado en el castillo de Stormont, sede del ejecutivo norirlandés, dicen que la relación entre Ian Paisley y Martin MacGuinness fue de un respeto mutuo que se convirtió en amistad. Paisley y MacGuinness nunca hicieron gala de su relación en público, pero hay innumerables documentos fotográficos que muestran a dos dirigentes políticos conscientes de su responsabilidad histórica.

La primera gran prueba de fuego (literalmente) para el proceso de paz fue el atentado terrorista en la localidad norirlandesa de Omagh, el 15 de agosto de 1998. Una facción disidente del IRA, el llamado IRA Real (RIRA siglas en inglés) colocó una bomba, matando a 31 personas, incluyendo a una mujer embarazada. El atentado fue condenado de manera unánime, incluyendo a Sinn Fein, que en el pasado se habría mostrado un tanto reticente a condenar cualquier ataque que viniera de las filas republicanas. Miembros de otro grupo disidente del republicanismo armado, el llamado Ejército Irlandés de Liberación Nacional, que se había sumado al cese de hostilidades, visitaron los hogares de miembros del RIRA para obligarlos a dejar las armas. El RIRA quería descarrilar el proceso con un atentando que, en la lógica enfermiza de sus dirigentes, ayudaría a retomar la ruta de la ‘lucha armada’. El objetivo de ese acto salvaje fracasó y más bien ayudó a convencer a muchos escépticos que ese bombazo siniestro en medio de la paz era la prueba más sangrientamente palpable de que no había alternativa.

Debido a su avanzada edad y a problemas del corazón, Ian Paisley renunció como ministro principal y dirigente de su partido en 2008. Paisley murió en septiembre de 2014.  Durante la enfermedad del viejo guerrero protestante, MacGuinness se mantuvo en contacto con su familia y al dejar este mundo, el ex comandante del IRA rindió tributo a su viejo rival y, desde 1998, aliado en la paz irlandesa.

El proceso de paz no ha estado exento de problemas. De vez en cuando existen discrepancias entre los partidos que gobiernan la provincia, pero la paz misma no está en juego. No hay marcha atrás.

Colombia

Esta reflexión tiene más que ver con Colombia que con Irlanda del Norte. Es indudable que se trata de dos procesos diferentes, con trasfondos históricos y políticos que no se parecen mucho. Hay, sin embargo, elementos del proceso irlandés que podrían servirle a Colombia.

La guerra es mala para la salud. No tiene nada de natural morir de un bombazo o por la metralla. Los efectos de la paz se sienten en la vida cotidiana, en lo más simple y elemental de la existencia. Los norirlandeses no tiene que ocultar lo que son simplemente para evitar ser asesinados por asistir a la iglesia equivocada. Es cierto que hay barrios inexpugnables que aún reflejan el sectarismo del pasado; es cierto también que los raquíticos remanentes de los paramilitares católicos y protestantes siguen ejerciendo esporádicos actos de violencia, pero el aislamiento en el que viven, el profundo desprecios que sufren a manos de las mismas comunidades que, en el pasado, habrían tolerado sus violentos exabruptos, los han convertido en parias indeseables que empiezan a extinguirse, como dinosaurios cansados que no sirven para nada.

La guerra es mala para el bolsillo. Las inversiones durante los difíciles años de la violencia fueron casi nulas en Irlanda del Norte, algo que cambió luego de la firma del acuerdo de Viernes Santo. Estados Unidos empezó a invertir. La confianza nacida de la paz permitió un aumento del consumo interno. Los problemas de desempleo y desigualdad que en la actualidad afectan a la provincia son producto del bajón general de la economía británica, especialmente después de la crisis financiera de 2008. Hoy, los partidos protestantes y católicos representados en la asamblea legislativa y el ejecutivo norirlandeses se han unido para exigir al gobierno de Londres medidas concretas para solucionar un problema que no se detiene en barreras sectarias. La paz funciona en Irlanda del Norte.

Un triunfo del Sí en Colombia podría tener los mismos efectos que en Irlanda del Norte. Lo cotidiano, que antes era objeto de un operativo para sobrevivir la bala y la dinamita, vuelve a adquirir su dimensión humana. Los acuerdos de paz en Colombia, como ocurrió en Irlanda del Norte, buscan poner fin no sólo a la guerra sino también al miedo. Las cláusulas sociales que están incluidas en los acuerdos de La Habana son un antídoto para contrarrestar la tentación violentista. Al igual que en Irlanda del Norte, el repudio a los disidentes que van a querer seguir esa batalla perdida desde hace más de 60 años va a aislarlos de las mismas comunidades que antes los habrían tolerado.

Falta saber si Alvaro Uribe, con su terca apuesta por la guerra, se convertirá con el tiempo en el Ian Paisley de Colombia. De repente hay por ahí una epifanía tardía, esa que surge de la certeza de que seguir pidiendo muertos en nombre de una grosera distorsión de la realidad es una forma de traicionar el futuro. Después de todo, nadie pensaba que el viejo disidente protestante de Irlanda del Norte sería lo suficientemente magno como para un día gobernar con sus enemigos mortales. Quienes han tratado de entender el cambio en la actitud de Paisley, consideran que su preocupación principal era la de cómo pasaría a la historia: si como un buscapleitos caprichoso o un constructor de puentes. Optó por lo segundo.

La paz irlandesa y sus protagonistas no tienen por qué parecer fenómenos ajenos a lo que puede suceder en Colombia. Como ocurrió en Sudáfrica luego del fin del régimen del apartheid y la celebración de elecciones multirraciales; o en Guatemala o El Salvador, donde la guerra casi devoró las entrañas de la sociedad misma, los riesgos y los desafíos bien valen un SI. Irlanda del Norte puede ser un espejo y una inspiración para Colombia, por eso de los puentes.

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Nuestro 11 de septiembre en Morandó

 

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Estatua de Salvador Allende, Palacio de la Moneda. Foto: Javier Farje

Pocos meses antes del golpe que derrocó a Salvador Allende, Víctor Jara, el vate de la revolución pacífica que ese médico con pinta de profesor de provincia había iniciado en Chile, llegó a Perú. Armado de una guitarra que había acumulado mucho polvo de muchos caminos, Víctor nos regaló, desde una pantalla parpadeante y en blanco y negro, sus mejores canciones. Sus dedos angulosos se paseaban por esas cuerdas guerreras con la sutileza de una caricia en el verano.

Cuando despertamos el 11 de septiembre de 1973 con la noticia del bombardeo del Palacio de La Moneda, y mientras el golpe de Augusto Pinochet, que ya había tramado la traición mientras reiteraba su lealtad a la democracia, avanzaba incontenible, quienes empezábamos a adquirir uso de razón política nos bautizábamos con el fuego que consumía la sede del ejecutivo chileno. Pocas semanas después nos enteramos de la suerte de ese Víctor Jara que nos había sonreído no hacía mucho mientras desgranaba su poesía en un austero estudio de televisión. Víctor fue confinado en la gran cárcel del estadio nacional, y cuando fue identificado por los golpistas, fue cruelmente torturado, los dedos que se había paseado por la guitarra gentil que acompañaba a sus trovas fueron destrozados. En fin, lo mataron.
El 11 de septiembre de quienes venimos del sur no terminó en pocas horas, ni siquiera acabó el 12. Fue un 11 de septiembre que se alargó por 17 largos años, hasta que el sátrapa se retiró abucheado por el plebiscito en el que el pueblo chileno perdió el miedo para decirle un rotundo ¡No!, usted no se queda, usted se va. Fueron casi dos décadas de torturas constantes, de muertos que se multiplicaban, de desaparecidos con nombre que sólo aparecieron cuando el tirano se jubiló, de viudas y huérfanos. La tortura no sólo era administrada en las mazmorras de la dictadura sino también en las ventiladas oficinas del FMI o el Banco Mundial. Chile se convirtió en un gigantesco conejillo de indias para las prácticas de los Chicago Boys, un nombre festivo tras en que se agazaparon tecnócratas inescrupulosos que, bajo las órdenes de Milton Friedman y Arnold Harberger, deshumanizaron lo poco de humano que tenía el capitalismo de la época (y de todas las épocas). En Chile se puso en marcha el despojo mediante la desregularización de las actividades de las grandes multinacionales, que se hicieron cargo del país como si hubieran nacido en él. La obsesiva lucha contra la inflación aumentó el desempleo y mientras que los mastines de la tiranía torturaban con picana, los tecnócratas lo hacían con estadísticas.
Nuestro 11 de septiembre fue, para muchos, nada más que uno de los innumerables golpes de estado que plagaron el continente americano, y gran parte del entonces llamado Tercer Mundo, un término diseñado por los dueños de los dos primeros mundos para confinarnos al sótano del planeta.

Muchos de quienes sobrevivieron la matanza y salieron al exilio han terminado y están terminando sus vidas sin medallas pero con recuerdos. Y las nuevas generaciones de chilenos le dieron un sopapo a la dictadura votando socialista más de una vez.

En nuestro 11 de septiembre, el país víctima de la matanza no invadió al que ayudó a perpetrarla. En nuestro 11 de septiembre, al autor intelectual de las atrocidades, Henry Kissinger, sigue pontificando sobre los males del mundo y cómo solucionarlos. Ningún comando especial lo ha capturado para preguntarle qué quiso decir cuando espetó el 27 de junio de 1970: “no veo por qué nos tenemos que quedar parados mientras un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Este intelectual apocalíptico, cómplice oficial de Richard Nixon, uno de los presidentes más corruptos en la historia de los Estados Unidos, nunca se arrepintió del papel que jugó en la conversión de Chile en una prisión para los rebeldes y para los pobres.

Ese 11 de septiembre no se conmemora con recargados mementos en Nueva York, Londres o París. Los homenajes palpables al presidente digno que dejó la vida defendiendo la democracia no tienen la espectacularidad casi circense de los rayos láser que iluminan las noches en la ciudad donde comenzó otra matanza 28 años después de la primera.

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Palacio de la Moneda, Morandó 80. Foto: Javier Farje

En la plaza en la que se erige el palacio de la Moneda, en Santiago, hay una estatua simple de Salvador Allende. En la calle Morandó 80, en el flanco derecho del Palacio de la Moneda, hay una puerta casi plebeya. Por ella, los presidentes de Chile ingresaban y salían de la sede del gobierno como un ciudadano común y corriente. Por esa puerta salió el cuerpo inerte de Salvador Allende el día del golpe. La dictadura quiso borrar el crimen lapidando esa cavidad acusadora. Cuando se restauró la democracia, ésta reabrió Morandó 80, y hoy el transeúnte puede reconocer esa puerta insigne no sólo por el visible número que la identifica sino también por las dos ofrendas florales que escoltan la madera sólida y lustrosa de la entrada reconstruida por los herederos de Salvador.

Chile ha dado una destemplada vuelta de tuerca a su propia historia. No solamente miembros prominentes de los escuadrones de torturadores de la tiranía han terminado en la cárcel, incluyendo los asesinos de Víctor Jara, sino que en estos días, una de las hijas de Salvador Allende anunció su candidatura a la presidencia de su país. Se trata de un homenaje continuo que no acaba con paradas efímeras ni con la repetición exhaustiva de los nombres de los muertos y desaparecidos, sino con presidentes democráticos entrando y saliendo, como todos nosotros, por la puerta de Morandó 80. Nada más.

 

 

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Miente, miente, que algo queda (salvo por los medios sociales, por supuesto)

 

Todos los años, en el domingo más cercano al 11 de noviembre, Gran Bretaña se viste de luto en el Día del Recuerdo. Se trata de la ceremonia anual para rendir homenaje a los caídos en las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX, además de otros conflictos bélicos en los que este país de tradición guerrera ha participado.

Se trata de una ceremonia imbuida de la pompa y la solemnidad a la que los británicos son tan afectos. Frente al cenotafio, que se erige en la avenida que une a la Plaza de Trafalgar con la sede del parlamento, en una Londres en la que ya se instalan las brumas del invierno, la familia real coloca una ofrenda de amapolas. Acto seguido, el primer ministro, el líder de la oposición, los líderes de los principales partidos políticos y los embajadores de los países miembros de la mancomunidad británica colocan a su vez una ofrenda similar. Al finalizar el acto, los veteranos que aún sobreviven marchan frente a los invitados de honor. Conforme transcurre esa parada de viejos soldados en sillas de ruedas y bastones, con el pecho orgullosamente hinchado de las medallas que se ganaron en los campos de batalla de Europa, la familia real, los políticos y embajadores se empiezan a retirar.

En la ceremonia de 2015 participó el nuevo líder de la oposición laborista, el socialista Jeremy Corbyn. Luego de su inesperada y abrumadora victoria en las elecciones internas convocadas para reemplazar al líder anterior, Ed Milliband, el gran perdedor de las elecciones generales de mayo del mismo año, la ceremonia frente al cenotafio se constituía en el primer acto público de este político sin ambiciones que había llegado al liderazgo de su organización contra todo pronóstico.

La colocación de la ofrenda es simple: unos pasos hacia el cenotafio, el político coloca la ofrenda a los pies del monumento, da unos pasos atrás y hace una venia, para luego retirarse al lugar asignado por el protocolo. Corbyn siguió todos y cada uno de los pasos impuestos por la etiqueta. Con una pequeña diferencia: su venia final fue leve y respetuosa.

Los medios de la derecha británica, que desde el momento de la elección de Corbyn como líder laborista, montaron una cruzada destinada a derribarlo, lanzaron sus mastines editoriales contra ese izquierdista irredento que había tenido la osadía de ganar las elecciones internas de su partido, no sólo contra todo pronóstico sino por casi 60% de los votos de los miembros de su partido.

De acuerdo a la lógica truculenta de la prensa de derecha, lo leve de la venia demostraba que Jeremy Corbyn no tenía ningún tipo de respeto por los soldados británicos que habían sacrificado su vida en defensa “de la reina y de la patria” (sic). No se trataba simplemente de una genuflexión que no cumplía con los requisitos angulares propios de un político que aspira un día a ser primer ministro de estas islas. Esa venia era poco menos que un acto de traición a la patria, una burla al sacrificio de quienes había dejado la vida en los campos de Flandes y Normandía. Todo ello a pesar de que, desde que fue elegido diputado por el distrito de Islington Norte en 1983, él ha participado de manera puntual en todos los actos correspondientes al Día del Recuerdo. Y todo ello a pesar de que, en más de una ocasión, Corbyn ha hablado con orgullo de cómo sus padres participaron en la defensa civil durante la Segunda Guerra Mundial.

Demás está decir que los ataque a la ‘venia irrespetuosa’ de Corbyn fueron objeto de burla por parte de muchos de quienes han convertido los medios sociales – Facebook, Twitter, YouTube et al – en una trinchera desde donde ventilar sus frustraciones. Al mismo tiempo, al día siguiente del ataque de la derecha, los tres medios sociales mencionados reprodujeron un video en el que aparecía Corbyn, parado frente a uno de los barreras que separan al público de los marchantes, aplaudiendo a los veteranos que quedaron rezagados, mientras que la familia real, el gabinete ministerial, los líderes de los principales partidos y los embajadores asistían a un opíparo y bien regado almuerzo, en homenaje, cabe pensar, a los caídos en las guerras. Jeremy Corbyn prefirió perderse el festín para aplaudir a los veteranos, con algunos de los cuales conversó al terminar el desfile.

Esta anécdota ilustra la manera en que los bien financiados diarios y canales de televisión privados han hecho de Jeremy Corbyn objeto de una campaña desprovista de toda ética. Y de cómo los medios alternativos han servido de contrapeso para esa campaña.

A mediados de julio, la London School of Economics, una institución que difícilmente puede ser acusada de tener veleidades izquierdistas, publicó un informe en el que concluía que los medios de comunicación británicos, incluyendo la presunta prensa liberal (The Guardian, The Independent, New Statesman et al) han tratado de socavar el liderazgo de Corbyn.

“Nuestro análisis” dice el informe en uno de sus párrafos, “muestra que Corbyn fue totalmente deslegitimado desde el momento en que se convirtió en un candidato destacado, y mucho más después de que salió elegido como líder de su partido con un mandato amplio”. El informe destaca tres elementos en esa campaña de deslegitimación. “1) A través de omitir o distorsionar su discurso; 2) utilizando el ridículo, la burla y el ataque personal y; 3) a través de sus vínculos, principalmente con el terrorismo”.

En el punto 3, los medios utilizaron las antiguas relaciones de Corbyn con representantes de Sinn  Fein, el ala política del proscrito – y hoy desaparecido – Ejército Republicano Irlandés (IRA por sus siglas en inglés), el brazo armado del nacionalismo católico norirlandés. También se refiere a una invitación a representantes de Hizbollah en Londres a un acto público en la Cámara de los Comunes.

En el primero de los casos, Corbyn se reunió en más de una ocasión con Gerry Adams y Martin MacGuinness, dirigentes de Sinn Fein. Se trata de los mismo dirigentes de la misma organización con la que el gobierno de Tony Blair negoció el acuerdo de paz en Irlanda del Norte, un tratado que sigue vigente y que le ha devuelto la paz a la sufrida provincia británica. Cabe destacar que hoy, MacGuinness es vice-ministro principal del gobierno autonómico de Irlanda del Norte.

En el caso de Hizbollah, se trata de representantes en Londres con los que, en reuniones públicas y jamás censuradas por las autoridades de la Cámara de los Comunes, Corbyn discutió formas de lograr la paz en el Líbano, de la misma forma en que lo hiciera en el caso de Irlanda del Norte.

El informe de la LSE en ningún momento cuestiona la obligación que tienen los medios de someter a los principales líderes políticos del país al necesario escrutinio que refuerza y mantiene viva la democracia, pero al mismo tiempo destaca la forma en que la izquierda y sus representantes han sido tratados como un caso aparte, como una especie de parias entrometidos que comprometen la seguridad del ‘establishment’. El mismo informe señala que la mayor parte de las fuentes a las que recurren estos medios para informar sobre Jeremy Corbyn son aquellas que tienen una actitud hostil hacia el líder laborista.

A los ataques a Corbyn se ha sumado la prensa que, en teoría, alberga simpatías laboristas. El caso más emblemático es el de The Guardian. El informe de la LSE señala que la voz de Corbyn o sus representantes está ausente en un 46% de la cobertura de las actividades del líder laborista. Apenas en un 27% de la cobertura aparece la voz de Corbyn sin alteraciones.

Progres confundidos

The Guardian está en un embrollo ético. Por un lado quiere mantener una imagen de diario progre. Por el otro, necesita seguir vendiendo copias. La mayor parte de sus columnistas se han hecho enemigos abiertos de Jeremy Corbyn y su dirigencia. Antes de ser elegido dirigente máximo  de su partido, muchos de dichos columnistas actuaban como la oposición leal dentro del ‘establishment’. Proponían cambios tenues para no cambiar nada. En un país gobernado por la derecha ya sea laborista (Tony Blair y Gordon Brown), o conservadora (coalición y luego gobierno tory de David Cameron y hoy Theresa May), las propuesta de los columnistas de The Guardian sonaban radicales. Pero la llegada de Corbyn al liderazgo del principal partido de oposición ha puesto en evidencia la tibieza pusilánime de The Guardian, en una sociedad con profundas desigualdades sociales y económicas. Y eso le ha caído mal al ego inflado de los columnistas de The Guardian. Esto ha tenido un efecto negativo debido a que muchos de sus leales lectores de izquierda han decidido dejar de comprar la edición impresa y semanal del diario.

El caso de The Independent es un tanto diferente. Antes de que este diario desapareciera como medio impreso y hoy sólo con un lugar en internet, y poco después de ser comprado por el oligarca ruso Alexander Lebedev, el Indie, como se le conoce en estas islas, disfrutaba de un estatus ambiguo en el panorama mediático británico. En ocasiones progresista y con una reputación de diario de investigación y campañas, hoy The Independent se debate entre su antigua reputación y la desesperada necesidad que tiene Lebedev de ser aceptado por un ‘establishment` que desconfía de los oligarcas rusos y sus fortunas. En conclusión, The Independent no sabe dónde situarse.

El caso de New Statesman es una combinación de lo que ocurre con The Guardian y The Independent, pero sin oligarcas rusos de por medio.

Todos los medios se han convertido en caja de resonancia de la derecha del laborismo, que se opone a Jeremy Corbyn y cuyos diputados inventaron una moción de censura que ha provocado una nueva elección para la dirigencia del laborismo. Corbyn se enfrenta al candidato del ‘establishment’, Owen Smith. Este político galés es un diputado torpe, cuyo pasado como lobista de multinacionales de la medicina, y sus comentario misóginos o sus propuestas para negociar con los terroristas del llamado Estado islámico han empujado a muchos indecisos a inclinarse por Corbyn. La más reciente encuesta de opinión de YouGov, la más esperada por los analistas políticos británicos, le da una ventaja de más de 24% a Jeremy Corbyn sobre Smith. Todos casi dan por descontado que Jeremy Corbyn ganará estos nuevos comicios internos con comodidad.

La furia en internet

Los seguidores de Corbyn han decidido recurrir a la única tribuna en la que puede ventilar su enojo y sus esperanzas: los medios sociales y alternativos. Los sitios de Facebook que apoyan a Jeremy Corbyn se han multiplicado como hongos después de la lluvia. Igual ha ocurrido con Twitter. YouTube se ha convertido en el lugar natural para compartir videos que la prensa grande se niega a publicar en sus páginas de internet. Las multitudinarias manifestaciones a las que asiste Jeremy Corbyn aparecen de manera regular en los grupos de FB auspiciados por Momentum, la organización creada por un grupo de activistas para apoyar la candidatura del líder izquierdista en las elecciones del año pasado, y que se ha convertido en la bestia negra de la derecha del partido.

Pero no sólo se trata de los medios sociales. El periódico cibernético The Canary, claramente partidario de las políticas sociales de Corbyn, está ganando una audiencia que sus orígenes humildes de sitio contestatario no parecían augurar. Los editores de The Canary son hoy invitados regulares en la BBC en debates televisivos relacionados al laborismo y la forma en que los medios se ocupan de él. La BBC ya no puede ignorar la presencia de The Canary en el contexto de los medios con una fuerte presencia en internet. The Canary no se limita a contrarrestar el anti-‘corbynismo’ de hoy, sino que realiza un interesante trabajo de investigación que pone en evidencia lo que la LSE ya concluyó en su informe, que los medios ‘importantes’ han fracasado en su intento por buscar la verdad sobre Jeremy Corbyn.

Los enemigos de Jeremy Corbyn no han perdido tiempo. El ejemplo más reciente es la escritora JK Rowling, la autora de las novelas de Harry Potter. Rowling, miembro del partido laborista, ha dicho que está dispuesta a “usar toda su influencia” para evitar que Corbyn sea reelegido. Rowling cuenta con más de dos millones de seguidores en Twitter. El problema para ella es que la mayoría de gente que la sigue en su cuenta de Twitter lo hace gracias a Harry Potter y no a sus ideas políticas. Su campaña de ataques a Corbyn no ha afectado las posibilidades que éste tiene de ser reelegido, como lo indica YouGov. Rowling está furiosa y sus comentarios en Twitter se han hecho más vitriólicos conforme avanza la candidatura de Jeremy Corbyn a la reelección.

Los medios sociales no pretenden reemplazar a los grandes del mercado. Sus usuarios saben de las limitaciones que tienen, pero en aquellos han encontrado una pascana desde la cual tratan de contrarrestar la campaña contra su líder. Y como es inevitable en estos casos, se han producido intercambios verbales que van más allá de lo político.

El ‘establishment’ del propio laborismo no ha perdido tiempo y ha inventado reglas absurdas para iniciar una purga de seguidores de Jeremy Corbyn con el objetivo de entorpecer su reelección. La burocracia laborista cuenta con un ejército de censores que escudriñan todas las cuentas de medios sociales para despojar de su derecho a voto a quienes los burócratas consideran han usado un lenguaje impropio de la dudosa pulcritud que debe mostrar un miembro del partido. ¡Una militante fue purgada por elogiar, con una palabra subida de tono, al grupo de rock Foo Fighters! Nada que ver con el partido ni sus ideales, a menos que los censores consideren que ese grupo de rock es más bien una célula trotskista destinada a infiltrarse en el partido con el fin de subvertir el orden establecido.

El enfrentamiento entre los seguidores de Jeremy Corbyn y el resto – casi todo – es frontal. Los medios sociales han mostrado una gran capacidad para llenar los vacíos deliberados con los que los medios establecidos cubren las actividades del izquierdista Corbyn. También han servido para desmontar las inventadas conspiraciones con las que dichos medios piensan desestabilizar su candidatura, a pesar de lo cual las encuestas le dan al líder actual una ventaja abrumadora.

La función democrática de los medios británicos ha sido subvertida por su temor a lo que no entienden. El surgimiento de Jeremy Corbyn como líder nacional ha sacado a relucir los prejuicios más insulsos, la manipulación más grosera, el profundo divorcio que existe entre la burbuja parlamentaria y mediática desde la que tiradores emboscados disparan sin cesar a un político cuyo único delito ha sido proponer políticas económicas y sociales que sintonizan con los de abajo, los que viven fuera de dicha burbuja.

Concluyo con las palabras finales del informa de la LSE. “Por cierto las democracias necesitan a los medios de comunicación para desafiar al poder y proponer un debate firme, pero cuando esta se transgrede y se convierte en un antagonismo que socava las voces políticas legítimas que se atreven a cuestionar el status quo vigente,  es entonces cuando la democracia no se beneficia”.

Más que conclusión, esto suena más bien a epitafio.

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Story of Milton

Milton died in February. He had cancer. It was what they call in humans “a short illness”. He was 11 years old. He spent 6 years with us.

When we were looking for a cat, after our old Sheba died, I started to research cat shelters on the web. Milton looked like a bruiser. And yet, there was something about that look that caught my eye. I showed it to my partner, who was very close to Sheba, and we both agreed that we wanted to pay him a visit.

Milton lived in a house in the outskirts of London, where he was looked after by a bloke called Doug. If we hadn’t been given Doug’s address, we would have found it anyway: the smell of cats was quite overwhelming, miles away from his house. He was a volunteer with Cats Protection, one the the several charities that looks after abandoned cats. He looked after many cats, and I mean, many cats! Then we saw him. Milton seemed to prefer to mind his own business. He was pretty big, a black and white short hair domestic cat who looked pretty much like in the photo on the internet. We were told that he had been found wandering around for 8 months, until some concerned neighbours contacted Cats Protection. They took him under their wing. He didn’t come when we called him, he even hissed and went back to his bowl, to eat crunchies. For some reason, that didn’t put us off. We decided, there and then, to adopt him.

A few weeks later, he was brought to our house by some volunteers and, after we made a financial contribution to the charity, they left him with us. We were told that he hated the trip, he spent the whole journey complaining. That was, in fact, a feature of Milton: he hated travelling. Every trip to the vet for his annual booster was torture for him.

He spent two days hiding behind the sofa. When he came out, he took over the house. It took him only a week to venture into the garden. That was the beginning of six wonderful years. He settled pretty quickly. He would spend hours on my lap, snoring, or would drop on the floor expecting to be cuddled. At night, he would jump on my chest, when I was trying to sleep, and that was a bit of a bugger because he was quite heavy. Or he would sleep by my side. By 6 a.m., he would jump and gently remind me that it was time for his breakfast. I would feel his nose rubbing mine and knew it was time to feed him.

Since I had my last full-time job office in 2010, I started to work from home. I spent many an hour with him. He would jump on the desk and sleep by the computer, on a blanket I had carefully put, unless he wanted attention, in which case he would walk all over the keyboard, hence rewriting my work.

In the four months a team of builders spent refurbishing our house last year, he had a rotten time, most of the time hiding in the cellar or in the depths of his fluffy cave. When the job was finished, we decided to start looking for a friend for him, so when we went away on holiday, he would not be alone. He was the most sociable of cats, you see, always kind and gentle. He got very friendly when two of my sisters came from Peru for a Christmas visit in 2014 and 2015. They fell in love with him. Who wouldn’t?

Early this year, I noticed that there was something wrong with Milton. I could tell because I knew every detail of his personality, and when he became lethargic and breathing heavily, I told my partner that we should take him to the vet. My fears were confirmed by the vet: Milton had cancer, the tumour was the size of an orange. It had grown fast. He referred Milton to a specialist clinic where, he said, Milton could get a treatment that could extend his life from between six and 18 months. But he told us that the cancer would eventually kill our boy. In the meantime, I spent a great deal of time spoiling him with special food and strokes. He was no longer the same. He loved to spend hours in the garden or on the roof of a neighbour’s shed. He stopped doing that, he would lay on the rug by the kitchen door sleeping and breathing heavily. He would purr when I cuddled him but he didn’t have the strength to do what he used to do, jump on the desk, join me in bed or even demand his meals.

We took him to the clinic, he complained during the whole journey. I told Vivienne, my partner, who was driving, that maybe that was a good sign. She looked at me and said nothing. We both knew that we didn’t have any reasons to be optimistic. A very kind Russian vet examined him. We were looking anxiously for good news, hoping that, maybe, our vet had been wrong. She told us that Milton was in a bad shape and suggested we left him overnight for further tests. When we returned home, we entered an empty house. It was not the first time, since we had adopted him, that he had not been with us; after all, he had spent a bit of time in a cattery when we went on holiday and, in the early days, he had to stay a couple of days at the veterinary surgery because of a minor kidney infection. This time, the empty house was the prelude of what would come later.

In the morning, after Vivienne had gone to work, I got a call from the vet: Milton had deteriorated during the night, he was in a bad shape and, even if he received chemotherapy to treat the cancer, he would not last more than a couple of months. The cancer was spreading and he was developing other ailments. I told the vet that I would phone her back after I had spoken to Vivienne. I phoned my partner and told her what I thought: we should let our Milton go. I phoned the vet and we agreed that we would go later day to say goodbye. We had to rush, the vet said, he in a very bad shape.

That afternoon, we drove to the clinic and went to see Milton. He looked so poorly. Our gentle giant was dying. The kind vet left us alone with him for a few moments, so we could say goodbye to him. We knew that he would not understand a word of what we were telling him, but we talked to him anyway. We told him how much we loved him, I thanked him for the years he spent with me while I worked on my own, keeping me company, just being there. He hardly had any strength and, yet, he managed to purr. He knew we were there. We called the vet back. She told us that, the night before, she had decided to spend some time with Milton. He purred at her, she told us. Kind to the end.

Then the final moment arrived. She put two injections and Milton went away. The vet checked his pulse and heart. Milton was gone. We had a last look at him and left the room. After that, we had to overcome our sadness to do the paperwork: insurance forms, payments, certificates. The people who were waiting in reception with their pets, dogs and cats, could guess what we were going through. There was some kind of respectful silence in the room. We drove back home. In the back of the car we placed the bag where we used to put him to go to the vet and, indeed, for his last journey to the clinic. The bag was empty. No sounds of complaint coming from it. Before we left, we hired a company to cremate him. We asked the people in the clinic to look after our boy while the cremation company came to do their job. They were very kind, they could see the pain, don’t worry, they said, he will be well looked after.

When we got home, I started the grim task of clearing Milton’s possessions: his bowl, his bed, his litter box. I took them to the cellar because we knew that, soon enough, they would be used by new friends. A week later, we got a call from our vet: Milton’s ashes had arrived. After we collected them, we scattered them in the garden, where he had spent so many happy hours.

In the weeks between Milton’s departure and the arrival of our new pets, I felt his absence, I would look instinctively to the spot where he used to sit, just to stare at an empty place. Milton had spent time in every corner of the house, so, wherever I went, he was there. I would go out for long walks just to try to forget my sadness. That didn’t help. At the end of the walk, I would return to an empty house. When Vivienne came home, we would simply spend time talking about our boy. Our neighbours knew how much we loved him, so they were very sympathetic, but we tried not to talk about Milton because we knew that we would start dropping some tears, and we felt somehow silly.

After a few weeks, we adopted two young cats from another animal charity. Jack and Eddie are great. And yet, Milton has not gone from my mind. They say that, as time passes, you start remembering you departed pet with a smile, recalling his antics and the happy moments you spent with him. For some reason, I still have not managed to reach that stage. The last photo I took of Milton, when he was already ill but strong enough to jump on the sofa, is still hidden away. I still can’t take it out to stick on the fridge door. I try to smile when I think of him but I can’t. Not yet. There was something special about Milton, I don’t know what it is. He left an indelible mark in my life. Maybe the time I spent with him since I started working from home created a bond that his death has not succeeded in breaking. He was my mate, you see. Don’t get me wrong: Jack and Eddie are wonderful company, they have settled pretty well and are fun to be with. And yet, Milton refuses to go away. Sometimes, I go to the garden and spend a few seconds in front of the spot where we scattered his ashes and tell him how much I still miss him. I don’t believe in the afterlife, or pet heavens, or things like that. So, I know that when I talk to his ashes I am, in fact, talking to myself. But who cares? That is the way I cope with my grief.

Six months have passed since we lost Milton and only now I have been able to write about him. It is a story I wanted to tell. In the big scheme of things (wars, refugees, referenda and economic crises), the story of a bloke and his dead pet is not important. And, yet, I feel the need to share it. If you had known Milton, you would understand why.

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Open Letter to Labour MPs

Dear rebellious Labour MPs,

I moved to the UK in 1988, after having lived in Denmark for 4 years. I had to leave my home country, Peru, in 1984 for fear of reprisals against those who were critical of the government of the time (and, in case you are wondering, no, I am no Shining Path sympathiser, in fact I think that are a bunch of murderous criminals who used an ideology as an excuse to impose their twisted Maoist ideology). Politics in countries like mine is a dirty business. Dependability does not usually feature in the manual of Peruvian political rules. Like former president Alberto Fujimori, who closed down parliament in 1992 because the majority disagreed with him. Today, Fujimori languishes in prison after he was found guilty of crimes against humanity and corruption, together with his intelligence chief, Vladimiro Montesinos.

So, I am quite used to coups and dirty politics. It is in Peru’s ruling class DNA.

When I moved to the UK, I went to live in Sheffield, which at the time was still coming to term with the demise of its illustrious industrial past. I was there when the Tories got rid, unceremoniously, of their three-times election winner leader Margaret Thatcher. The woman who had transformed society (for the worse as far as I am concerned), was sent packing to an early retirement by the very people she had trusted and – in her own peculiar way – loved. I saw Jeffrey Howe ‘dead ship’ resignation speech, an early epitaph in Thatcher’s political gravestone. I was somehow amused to see how dirty politics was not the monopoly of alleged less democratic societies (known at the time as the ‘Third World’).

So, what I am seeing now astonishes me, because, despite the fact that I am a journalist with 38 years’ experience, during which I have covered coups and political crises in Latin America, I never thought that a Labour Parliamentary Group, a Labour Parliamentary Group! would stoop so low as to try to incite the dismissal of a leader who was elected by almost 60% of the members of the party.

Just before Jeremy Corbyn was elected, Simon Danczuk said that, as soon as the results were announced (by the end of the leadership election campaign, the question was not whether Jeremy would win but by what margin), a coup would be organised. Since Jeremy was elected, the war against his leadership has been relentless. I am trying to understand how is it that many of you criticise an increase in the number of people who joined the Labour party as an act of Trotskyite infiltration. As you very well know, many of those citizens who have joined the party are the young, people who, before Jeremy’s election, felt disenfranchised by a political class that did not represent their hopes and ideals.

When Stephen Doughty resigned from the front bench live on the BBC in January this year and Andrew Alexander, an output editor, admitted in a later-deleted blog that the corporation’s political editor Laura Kuenssberg had organised the whole show, I didn’t see you complaining for the way our public broadcaster had behaved, the silence you displayed was deafening and very, very convenient.

Now, we are told that Jeremy must go because he showed lack of conviction to campaign for the Remain vote during the referendum. So, David Cameron promised a referendum that only UKIP wanted, to appease his own Eurosceptic MPs, a referendum that he thought would be won by the Remain camp easily; most Labour voters – 63% – chose Remain, compared to the 43% from the tory camp; David Cameron lost a referendum that nobody wanted, but the UK will leave the EU because of Jeremy Corbyn, correct? Let me see if I understand this: you have developed a mathematical formula by which you can translate passion into percentages. The 52% that won the referendum for brexit is in direct relation to Jeremy Corbyn’s low-intensity passion, correct? So, the SNP’s share of the Remain vote is only 1% more than Labour’s and you don’t think Nicola Sturgeon should go, right? That Jeremy could have done more is obvious; we ALL could have done more, the PM, who called this pantomime, could have done more. Recent polls suggest that it was Cameron and not Corbyn who lost the vote. But Corbyn must go, right?

Two days before Hilary Benn was sacked and Angela Eagle resigned from the shadow cabinet, just before she gave that gut-wrenching tearful TV interview, a website – angela4leader.org – had been set up by a blairite PR person, and she knew nothing about it, correct? And you want us to believe that all this a coincidence, right?

You see, ‘comrades’, I have a problem with your credibility and honesty: you have none. I will tell you something else: some days ago, I was determined to leave the party, because I found all this nonsense far too revolting to stomach. But when I saw David Cameron sweep under the carpet his own inadequacies and stupidity by shouting at Jeremy:“go man!”, and saw Labour MPs, Labour MPs! cheer and celebrate, I said to myself “no, you stay in the party sunshine and don’t you dare go anywhere”.

I have a theory that may explain your attitude: fear. You are terrified of change, of the possibility that a bearded lefty, voted as leader by 251,417 party members, will come to burst your cosy Westminster bubble, the one that has protected you all these years (or months in case you are a newly-elected MP) from any chance to introduce a radical change to a deeply divided society, where the haves maintain their privileges over the have-nots without you having the courage to challenge that.  Jeremy Corbyn is accused of having voted against his own party 500 times so, how dare we ask you to be loyal to a man who has been so disloyal to his own party, you say. Jeremy Corbyn has voted against wars or welfare cuts implemented by Labour governments, Labour governments! Some people seem to have a twisted understanding of the term loyalty. When you are elected as a Member of Parliament, your first loyalty is towards your constituents, and if you see that your party wants to put forward policies that affect those who put you where you are in the first place, then you have to vote against it.

I am saddened and angry by your behaviour. I truly believed that no Labour MP would do what you are doing. I was so horribly wrong. We are told that the Labour Party is damaged beyond repair. And, from your cosy bubble, you will spend the rest of your political career pointing your finger at the man who was elected to lead the party by 60% of its members.

Does this mean that I agree with Jeremy in everything he says or does? No, it doesn’t. Had he campaigned for brexit, I would have voted Remain, which is what I did anyway. I have known Jeremy for 28 years, from the moment I moved to the UK in 1988. I have spent time with him and his family and I can assure you that I disagree with some of the things he supports, as much as we are both committed Socialists. I also profoundly resent the cult of personality some people who follow him have developed, where Jeremy can do no wrong. I reject any abuse hurled at people who, within and without the party, disagree with him.  But, unlike those fools, you have a responsibility, and you are forfeiting it because of your fear that any radical change will expose your shallow attempt to improve society without changing anything. Of course you are getting a great deal of help from those so-called liberal columnists like Polly Toynbee or Andrew Rawnsley, who are trying to give an intellectual gloss to your dishonesty.

I am an adopted Brit, this is my home, whatever happens here affects me the same way it affects any British-born citizen. I pay my taxes and support a football club; I complain about the weather and love the Peak District. And I get angry when I see fat cats getting massive bonuses for doing a lousy job while fathers, mothers and their children go to food banks to feed themselves. And I get even angrier when I see you, MPs from my party, devoting their time and energy trying to bring down a leader who has, once again, been elected by the majority of members of our movement instead of fighting inequality.

I have neither the power nor the influence to make you change your mind. I am just a member of the party I believe it’s the only one that can make this country a fairer place for everyone, a more compassionate, tolerant, just land for everyone. So far, you are not equipped to achieve that because back stabbing your own leader seems to be a more important task than fighting for the poor and the disenfranchised. History will be hard on you, and you will only have yourselves to blame. And I am very sorry for that.

Your sincerely

Javier Farje

Labour Party member

 

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Carta desde Londres a Verónika Mendoza

Querida Verónika,

Mi nombre es Javier Farje, soy peruano y desde hace casi 30 años vivo en el Reino Unido. Los primeros cuatro años de mi residencia en este país lleno de contradicciones los pasé en el norte, en Sheffield, antigua cuna de la industria del acero, destruido por la rapacidad monetaria de Margaret Thatcher. El objetivo de esta carta no es contarte mi vida, que eso a nadie le interesa, sino decirte que lo que está ocurriendo en este momento en Gran Bretaña se parece en algo a lo que te ocurre a ti, a miles de kilómetros de distancia.

Luego de que el Partido Laborista, al que pertenezco, perdiera las elecciones generales de mayo del año pasado, su líder y fallido candidato a primer ministro, Ed Miliband, renunció. Casi de manera inmediata se inició el proceso de elección de un nuevo líder por parte de los miembros de la organización. Los candidatos necesitan ser dominados por al menos 35 miembros de la célula parlamentaria laborista para que su postulación sea aceptada. Tres consiguieron fácilmente la nominación. El cuarto, Jeremy Corbyn, miembro destacado de la izquierda del partido, la obtuvo porque la mayoría de los diputados que le dio la nominación lo hizo en un acto de filantropía política, pensando que ese socialista irredento no pasaría del último lugar. Una limosna, vamos. No es primera vez que la izquierda presenta una candidatura que, a juzgar por el magro número de votos que han solido obtener en elecciones pasadas, resulta siendo simplemente simbólica. El objetivo de los diputados de derecha del partido al nominar a Jeremy fue que, al presentar propuestas de izquierda, descabelladas en un país eminentemente conservador, la derecha saldría reforzada. “¿Ya ven?” decían, “el país necesita propuestas sólidas, no lo que propone la izquierda”.

Entrevistado por la BBC a los pocos minutos de obtener la nominación (la consiguió faltando segundos para que se cumpliera el plazo), Jeremy dijo que quedaría contento si terminaba penúltimo en la contienda. Tipo optimista, Jeremy. Las primeras encuestas de opinión parecían confirmar que, en efecto, la izquierda perdería. Pero en pocas semanas, las cosas empezaron a cambiar. Acostumbrado como está el electorado británico, y en este caso específico, el laborista, a respuestas precocinadas, presentaciones falsificadas por las relaciones públicas y sonrisas de dentífrico, se encontró con un político que, ¡oh escándalo!, decía las cosas como son. Muchos jóvenes, que se sentía desencantados porque habían sido traicionados por partidos políticos que les mintieron la educación y el trabajo, y que no se sentían representados por nadie, empezaron a prestar atención a Jeremy. La Generación X británica comenzaba a despertar. “La austeridad es una decisión política”, decía Jeremy. Un país mejor es posible, es necesario, y hasta es inevitable, parecían transpirar sus discursos. Los grandes salones de actos en todo el país, en los que Jeremy se presentaba para explicar sus propuestas, empezaban a llenarse a tal punto que, en la mayor parte de los casos, Jeremy se vio obligado a hacer dos manifestaciones: una dentro del local y otra afuera, para quienes no pudieron entrar. La membresía del Partido Laborista empezó a aumentar, no sólo con jóvenes que por primera vez sentían que alguien hablaba a su nombre, sino por aquellos más viejos, como yo, que dejaron el partido cuando el mercantilismo ramplón instaurado por Tony Blair y sus acólitos, los marginó. Las encuestas empezaron a favorecer a Jeremy. El discurso del candidato empezó a despertar un repentino interés en los medios de comunicación.

A dos meses de las elecciones internas del partido, Jeremy ya estaba primero en las encuestas. A sus 66 años, este viejo militante de la solidaridad internacional, amante de América Latina por matrimonio (estuvo casado con una refugiada chilena y ahora lo está con una mexicana) y por opción política, ofrecía una nueva esperanza y la gente empezaba a creer.

Los medios de comunicación de derecha, preocupados por el ascenso de este rebelde infatigable, comenzaron a atacarlo. La expresión “simpatizante de terroristas” empezó a repetirse con fatigosa frecuencia en las páginas de los diarios y revistas del ‘establishment’. Los viejos contactos de Jeremy con los líderes de Sinn Fein, el brazo político del hoy desaparecido IRA, representantes del nacionalismo católico más recalcitrante en Irlanda del Norte, fueron motivo de repetidos reportajes. Jeremy, el amigo de los terroristas de Irlanda del Norte. Demás está decir que fueron las negociaciones del gobierno de Tony Blair con Sinn Fein las que en parte permitieron lograr el acuerdo de paz en la provincia irlandesa. Pero en el caso de Jeremy, según esa prensa, sus conversaciones con los radicales católicos norirlandeses eran simplemente producto de su afición por los violentos.

Esos mismos medios “informaron” que en una entrevista que Jeremy ofreció a la cadena iraní de televisión Press TV, éste había dicho que la muerte de Osama bin Laden había sido “una tragedia”. Lo que esos medios no dijeron es que Jeremy sostuvo que, en efecto, la muerte del líder fundamentalista había sido una tragedia porque bin Laden no había vivido para enfrentarse a un tribunal para que respondiera por sus crímenes.

Sería muy largo enumerar la lista de infundios y calumnias que la prensa de derecha ha escupido en sus mefíticas primeras planas. Lo cierto es que nada de eso funcionó: Jeremy Corbyn fue electo líder del partido laborista con casi el 60% de los votos de los militantes de la organización, un porcentaje mayor que el obtenido por los otros candidatos juntos. En su momento, Tony Blair fue elegido con un porcentaje menor que el de Jeremy. La candidata de la tendencia blairista, Liz Kendal, quedó última, con 5% de los votos. Desde su elección, los ataque por parte de la derecha de su propio partido y la prensa conservadora – e incluso la liberal – no sólo no han cesado sino que a veces rayan en el ridículo. Que si no usa corbata, que la venia en el anual homenaje a los caídos en las dos guerra mundiales fue muy leve, que por tener amigos musulmanes es antisemita. ¿Resultado? Las más recientes encuestas de opinión ponen al laborismo un punto por encima de los conservadores y Jeremy supera al primer ministro, el conservador David Cameron en popularidad.

¿Por qué te cuento todo esto Verónika? Pues para decirte que no estás sola. Que lo que te ocurre a ti le pasa a quienes tienen el atrevimiento de poner la esperanza por encima del miedo. Le ocurre a quienes no están de acuerdo con que el banquero es más importante que el albañil, o que el empresario minero vale más que el indígena.

Para mí, que vi los desmanes de Fujimori, García,Toledo y Humala; que vi como Thatcher destruyó la fibra industrial del norte británico para enriquecer a sus amigos de la City; que veo como los indígenas peruanos son maltratados a nombre del falso progreso de la industria minera; que veo como el gobierno británico castiga a los más vulnerables de esta sociedad con una política de austeridad que beneficia a los que más ganan; para mí, un viejo militante de izquierda, lo que está ocurriendo contigo y con Jeremy es una señal de que a veces subestimamos a nuestro propio pueblo porque nos dejamos ganar por la desesperanza.

Lo que tú y Jeremy proponen no tiene nada de utópico, porque a veces la utopía es una coartada para la pasividad. Lo que ustedes proponen es simplemente la devolución de lo que le quitaron a los pueblos a nombre de la voracidad bursátil; es una restitución y una reivindicación.

No sé si llegarás a ser presidenta o Jeremy Corbyn primer ministro, pero esto ya no lo para nadie.

Los ataques a mansalva, las campañas de desprestigio, las calumnias, los infundios y las mentiras no sólo no van a disminuir a ambos lados del mundo, sino que van a aumentar. Por ello, sólo me queda citar a Goethe en su poema Labrador: “Pero sus estridentes ladridos/sólo son señal de que cabalgamos”.

En solidaridad

Javier Farje

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La gentil revolución del barbudo de Islington

Durante las últimas semanas, el Reino Unido ha estado experimentando lo que más se parece a un tsunami político. Resulta inevitable que en el mundo de hoy, con el polvorín de Medio Oriente, la crisis griega o la tragedia de la inmigración clandestina que mata a cientos de inocentes que quieren construir una nueva existencia lejos de la guerra y la miseria, las elecciones internas en el principal partido de oposición británico no ocupen primeras planas o la curiosidad de los analistas. Y sin embargo, esas elecciones y su, hasta hace un par de meses, imprevisible resultado, podría cambiar la fisonomía política de estas islas, en las que el votante elige todo menos el cambio.

En las elecciones generales de mayo pasado, el Partido Conservador obtuvo una inesperada victoria, logrando una mayoría propia, aunque raquítica, a costa de un Partido Laborista que, según las encuestas, debió haber ganado la contienda o por lo menos, empatado con los ‘tories’. A raíz de esa traumática derrota, su líder y candidato a primer ministro, Ed Miliband, renunció como cabeza de su partido. La carrera por suceder a Miliband empezó con prontitud. Debido al peculiar sistema electoral interno laborista, un candidato necesita ser nominado por 35 diputados para ganarse un puesto en el olimpo de los postulantes al liderazgo del partido. Tres diputados – Andy Burnham, Ivette Cooper y Liz Kendall – lograron con facilidad la nominación. Un cuarto candidato, Jeremy Corbyn, uno de los representantes más destacados de la izquierda laborista, decidió pasar el sombrero entre sus colegas a ver si le prestaban votos para la nominación. En un acto de filantropía partidaria, un grupo de diputados, que le aseguraron a Corbyn que no votarían por él cuando se realicen las elecciones mismas, decidieron darle 36 votos, ahí para que se divierta en el último lugar en la tabla de posiciones. Esto aseguró su nominación. Esos advenedizos justificaron su decisión con el argumento de que todas las tendencias deberían estar presentes en el proceso electoral interno del partido para “tener un debate” (sic). La estrategia de los sectores más reaccionarios del partido laborista era muy simple: tener en el balotaje a un izquierdista irredento como Corbyn, ayudaría a la derecha a poner en evidencia las trasnochadas teorías de este rebelde profesional, de manera que las posiciones más ‘pragmáticas’ de la organización obtuvieran la victoria servida en bandeja de plata a Burnham, Cooper o Kendall. Sólo hay un problema: que les salió el tiro por la culata.

Al momento de escribir estas líneas, Jeremy Corbyn, un barbudo veterano de las lidias parlamentarias laboristas, aparece como claro favorito para convertirse en el próximo líder de su organización. Dos sondeos, uno del diario de derechas The Times, y otro de la destacada encuestadora YouGov, le dan a Corbyn una ventaja entre 10 y 15 puntos porcentuales sobre su más cercano rival, Andy Burnham. Las nominaciones de los distritos electorales laboristas parecen confirmar esta tendencia. La mayoría han nominado a Corbyn como su candidato favorito. Estas nominaciones son, en todo caso, simbólicas porque el partido tiene el sistema de un miembro, un voto. Sin embargo, aquellas confirman la tendencia del momento. Es más, los dos sindicatos más grandes del país, afiliados al Partido Laborista, Unite y Unison, han nominado a Corbyn como la preferencia de sus afiliados. En el sistema electoral interno antiguo, los sindicatos votaban en bloque y constituían la tercera parte del total de los sufragios. En el nuevo sistema, los miembros de los sindicatos tienen que afiliarse de manera individual al partido para tener el derecho a voto. Pero para nominar a un candidato, los sindicatos tienen que realizar una consulta interna, lo que permite deducir que una mayoría de sus afiliados quiere a Corbyn como líder del partido.

Más de 600 mil nuevos miembros se han afiliado al Partido Laborista desde la derrota de mayo, la gran mayoría jóvenes. En un país en que la juventud se rehúsa a votar por considerar – con razón – que los partidos políticos no sólo no representan sus intereses sino que son proclives a traicionar sus propias promesas electorales, este es un hecho sin precedentes. Para ellos, el discurso de Jeremy Corbyn, que ha propuesto la creación de un Servicio Nacional de Educación, similar al venerado Servicio Nacional de Salud, la renacionalización de los ferrocarriles, una política que ayude a las medianas y pequeñas empresas y un mayor compromiso en la lucha contra el cambio climático, entre otras propuestas, es fresco y en perfecta sintonía con sus propias aspiraciones. Cientos de jóvenes, para quienes la militancia partidaria era, hasta su reciente afiliación, no sólo un anatema, sino una absoluta pérdida de tiempo, se han sumado a la campaña para elegir a Jeremy como líder de su Partido. Sólo en las últimas semanas, mil voluntarios se han ofrecido para trabajar gratis haciendo llamadas o repartiendo volantes.

Un observador zahorí se ha tomado el trabajo de analizar todas y cada una de las entrevistas que los cuatro candidatos han dado a diversos medios radiales desde que comenzó la campaña. El único de los nominados que ha contestado ‘si’ o ‘no’ a preguntas que requerían simplemente un ‘sí’ o un ‘no’ ha sido Corbyn. La tediosa ambigüedad de Burnham, Cooper y Kendall contrasta con la franqueza casi brutal de Corbyn.

Diputado de la jurisdicción londinense de Islington North desde 1982, un distrito de pobres y marginados que se mezcla con la prosperidad de la clase media capitalina, Jeremy es más conocido en los círculos de la solidaridad. Este activista profesional de 66 años de edad es un asiduo orador en actos en apoyo a Chile, Palestina o Venezuela. Su participación en conmemoraciones sindicales, la lucha contra el apartheid (fue arrestado varias veces por ello), las marchas contra la austeridad o para salvar un edificio comunal en su distrito, son pan de cada día para este diputado fanático de los trenes y de la mermelada hecha en casa, y que se maneja en bicicleta por las caóticas calles de Londres.

La incapacidad de los otros tres candidatos para hacer propuestas convincentes, debido a que practican la extendida y muy británica filosofía política de la insinceridad, ha hecho que recurran al ataque entre artero y sutil. Las acusaciones de que el laborismo volverá los años 80’, cuando se convirtió en un partido inelegible, debido al débil liderazgo del izquierdista Michael Foot, en contraste con una Margaret Thatcher arrolladora e inescrupulosa, no se han hecho esperar. La vuelta a los 80´se ha convertido en una fatigosa muletilla que no convence a nadie. El ex primer ministro Tony Blair advirtió en una conferencia sobre los peligros de elegir a alguien como Jeremy Corbyn como líder laborista. “Quienes apoyan las propuesta de Jeremy Corbyn con el corazón, mejor que se hagan un trasplante” fue la arrogante evaluación de un hombre cuya misión del momento es ganar la mayor cantidad de dinero posible aprovechando su experiencia de gobierno. El ex ministro laborista Peter Mandelson, que en su jubilación política se siente más cómodo en los yates de oligarcas rusos que en la compañía de los mal vestidos militantes de su partido, también ha lanzado una advertencia: o el partido se ciñe al hoy antediluviano ‘nuevo laborismo’ o va a perder las elecciones de 2020. El diario derechista Daily Telegraph, publicó un extenso reportaje según el cual Mandelson trató de convencer a Burnham, Cooper y Kendall para que renunciaran a su candidatura con el fin de invalidar el proceso, para impedir la victoria de Jeremy Corbyn. El problema, según le dijeron en las oficinas del laborismo, es que si los otros candidatos renuncian, Jeremy ganaría la elección sin disparar un tiro.

Todo esto ha tenido un efecto contrario al esperado. John Prescott, que fue viceprimer ministro en el gobierno de Blair, acusó a su antiguo jefe de “abuso verbal” al hablar de trasplantes. La popularidad de Jeremy Corbyn no sólo se mantiene estable sino que ha aumentado. En cada recinto en el que presenta sus propuestas, la gente atiborra cada rincón, se pelea por entrar y termina aplaudiendo a un político que no tiene mayores problemas en decir lo que piensa. Las concentraciones en las que habla Corbyn son dobles: una para los que pudieron entrar y otra para los que se quedaron afuera.

La sucesión de dignatarios casi jubilados del laborismo no se ha detenido. Ya sea el ex líder Neil Kinock, que perdió las elecciones de 1992 ante el conservador John Major; o el ex primer ministro Gordon Brown, que perdió las elecciones de 2010 ante el conservador David Cameron; lo viejos y cansados dirigentes de un laborismo ya obsoleto han salido de sus vetustos cuarteles de invierno para advertir sobre los peligros de volver a los `80, como si no hubieran leído la plataforma política de Corbyn o hubieran decidido ignorarla. Demás está decir que ninguna de estas intervenciones, ni la perniciosa campaña de la derecha mediática, han afectado la candidatura de Corbyn. Por el contrario, a juzgar por el sondeo de opinión de YouGov, la victoria de Corbyn no sólo es posible sino que sería en la primera vuelta, sin necesidad de una segunda.

Resulta irónico que los llamados ‘blairistas’ sean quienes repitan la monserga del regreso al pasado, entre otras razones por que el llamado ’nuevo laborismo’, que inventaron Blair y su compinche Mandelson, caducó desde el mismo momento en que las primeras tropas anglo-estadounidenses pusieron pie en Irak durante a ilegal guerra de 2003. Blair y compañía insisten en que la voz de la razón viene de un líder que ganó tres elecciones consecutivas. Lo que no parecen notar estos despistados ex-dirigentes es que la ausencia de una propuesta más radical hizo que muchos optaran por el derechizado programa de Tony Blair y su equipo. Jeremy Corbyn representa dicha alternativa.

Guerra sucia

Como no podía ser de otra manera, la prensa más retrógrada de Gran Bretaña ha tratado de desenterrar viejos pecados. Intentaron acusar a Corbyn de antisemitismo al asistir a una conferencia sobre Palestina, lo que fue rápidamente desmentido por la historia de sus reuniones, hasta que esta ‘noticia’ fue sepultada por quienes dieron origen a ese rumor infundado. Más bien lo que se ha descubierto es la ética de Corbyn. Su boina finisecular, sus chaquetas grises y la ausencia absoluta de corbata, algo que no es una pretensión falsamente proletaria sino que muestra su absoluta falta de interés por lo trivial, han atraído el interés de miles de votantes decepcionados que no sabían que ser así y ser diputado era posible. El parlamento “no es un desfile de modas ni un club de caballeros, ni una institución bancaria. Es un lugar donde el pueblo está representado” dijo en una entrevista de televisión realizada en 1984, y que alguien desempolvó en busca de pecadillos pasados. Las declaraciones de Corbyn eran una respuesta a la propuesta de un diputado conservador de la época para que se le prohibiera la entrada al parlamento por andar mal vestido.

Estos son detalles anecdóticos pero que demuestran que Corbyn es la antítesis de la extrema pomposidad del parlamentarismo británico. Sumado ello hay un programa político y económico sólido, que no implican la sovietización del Reino Unido ni la creación de gulags para quienes no estén de acuerdo. Todo esto le han dado a la candidatura de Jeremy Corbyn un impulso imposible de concebir hace menos de dos meses.

Los otros candidatos creyeron, ante el sorprendente despegue de la postulación de Corbyn, que repitiendo la monserga de la obsolescencia de las ideas del candidato, sus posibilidades de triunfar disminuirían. El problema para Burnham, Cooper y Kendall es que en sus intentos por minar la candidatura de su rival, han abandonado sus propias propuesta. Le han dicho al electorado de su partido que no deben votar por Corbyn en lugar de decirle porque deben votar por uno de ellos.

Ante el fracaso de esta estrategia, y las salas casi vacía en las que peroran los tres, Andy Burnham ha decidido tender una rama de olivo a Corbyn para decirle que no tendría problemas en trabajar con él si gana las elecciones. Corbyn ya ha dicho que él estaría dispuesto a trabajar con su rival si él barbudo socialista gana los comicios. Se trataría de una alianza que impediría la división del laborismo.

Resulta malévolamente divertido que la candidata que representa al ‘blairismo’ más recalcitrante, Liz Kendall, está última en las encuestas de opinión, con menos de 15% de votos posibles. Y se trata de sondeos realizados después de las intervenciones de Tony Blair y Peter Mandelson.

Con las cartas sobre la mesa, e independientemente del resultado de las elecciones laboristas, el surgimiento de la candidatura de Jeremy Corbyn ha trastornado el panorama político británico, a tal punto que la mayor parte de columnistas del presunto centro-izquierdista The Guardian han sacado las garras y se han lanzado contra la candidatura de Corbyn. Muchos de esos comentaristas, que se dan el lujo de escribir columnas tibiamente progresistas cuando las papas no queman, se han asustado porque ese barbudo incorregible ha venido a interrumpir ese mundo complaciente en el que viven, ese planeta de largas peroratas que no ponen en peligro la dudosa estabilidad intelectual en la que vive este país. El miedo al cambio, el temor a una propuesta diferente, han causado pánico en los corrillos de la izquierda de agua tibia, que al no tener respuesta, ha decidido remedar a sus colegas de la prensa de derecha para advertir de la debacle que se viene si Jeremy Corbyn sale elegido líder del laborismo.

Lo cierto es que Jeremy Corbyn ha venido a interrumpir la sospechosa placidez de un país acostumbrado a no cambiar mucho. Como las sombras furtivas de las que habla Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral, los miles de desencantados, los indiferentes y los por siempre decepcionados parecen haber despertado del involuntario letargo en el que vivían. No se trata de un culto a la personalidad. El carácter de Jeremy Corbyn no lo permite. Se trata de un movimiento que no parece tener freno, a pesar de la diatriba puntual, el insulto fácil y la advertencia apocalíptica. Y ni el propio barbudo de Islington se lo puede creer.

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